- ¿Quieres aprobar la asignatura? .
- Sí.
- ¿por qué?
- Porque si no mi padre se enfada conmigo.
- Luego es tu padre el que quiere que apruebes.
- Bueno,… sí.
- ¿Y tú qué quieres?
(Silencio)
1º de Bachillerato.
Una primera lectura de este diálogo, mantenido por un profesor y una alumna de pri-mero de Bachillerato de un Instituto de Madrid, nos aporta la certeza de que la alumna, por ella misma, no tiene el menor interés ni por la asignatura ni por aprobarla. Es el miedo a enfadar a su padre lo que realmente le preocupa, ya sea por lo desagradable que es vivir un momento de tensión en casa, o bien por la repercusión más o menos duradera que tal enfado pueda tener en las circunstancias de su vida. Puestos así, evidentemente, el proceso de formación difícilmente se puede llevar a cabo correcta-mente, puesto que para que tal proceso se dé es imprescindible que se realice una simple condición: que concurran las ganas de aprender de unos con las ganas de en-señar de otro.
Todo proceso formativo, a partir de cierta edad, que viene a coincidir con al paso por la E.S.O., se asienta sobre una realidad de la que nadie suele hablar: el deseo. Se habla mucho de motivación, de los gustos del alumno; mucho menos se habla de lo que quiere el profesor, y nada de los deseos del alumno y del profesor; y sin embargo, el proceso educativo se cortocircuita si estos últimos no están presentes y se comple-mentan, alimentándose gracias a la satisfacción de ambos. El proceso educativo se da esencialmente entre personas que ocupan instancias o lugares diferentes y comple-mentarios: uno, el alumno, el de querer ser algo y alguien; otro, el profesor, el de que-rer que se realice lo que es (ser profesor y enseñar). El proceso formativo fracasa normalmente porque falla el primer miembro de la ecuación: el de querer ser algo y alguien.
En un primer acercamiento, el deseo lo podemos interpretar como el “querer ser algo y alguien”, lo cual se plasma en un proyecto, más o menos claro, y en una acción para llevarlo cabo. La satisfacción está vinculada a la misma acción por conseguir la reali-zación del proyecto (algo parecido a lo que decía el poeta Kavafis: “Ítaca os ha dado un buen viaje”) y a su logro final.
Desde que el deseo fuera descubierto por Freud, interpretado por él como energía libidinal, hasta nuestros días, siempre ha sido considerado como algo transgresor, y las reacciones frente a él dispares: los más tradicionales responden haciendo lo que siempre ha hecho la sociedad tradicional: aplastarlo por un lado, mientras que lo inten-ta canalizar por otro. Los llamados progresistas responden reduciéndolo a diversión de caseta de feria o intentando disolverlo. Ambas posturas se entienden bien entre ellas, pues aunque el poder tan sólo lo puede ocupar uno, los dos pretenden constituirse, y si fuera posible, perpetuarse, como sistemas de dominación asentados sobre la alie-nación. Entendiendo la alienación como no ser yo, como la anulación de mi deseo o por su desplazamiento y sustitución por el deseo del otro; o, dicho de otra forma, des-plazando mi ser deseado por mí por el ser deseado por otro. No obstante, En España, y aunque parezca paradójico, entre la derecha y la actual izquierda gobernante, y a pesar de toda la palabrería de ésta, es la primera la que mejor comprende el deseo.
El deseo y el yo se implican mutuamente, uno no se puede dar sin el otro y viceversa. Las formas de alienación, que pretenden aplastar, canalizar o disolver el deseo, aspi-ran o bien cautivar al yo o a anularlo, potenciando la actitud gregaria (un ejemplo de ello es la sustitución leninista del concepto proletariado, mucho más definido por las relaciones de producción, por el de masas). El yo se presenta de este modo como algo liberador.
Para que se constituya el deseo es necesario posicionarse ante la realidad, porque el deseo se articula fundamentalmente en un forcejeo de poder contra ella; pero para que se llegue a aceptar ese forcejeo es imprescindible, primero, atravesar el desencanto, cruzando así la puerta del sufrimiento o del dolor de la decepción, del fracaso y de la pérdida. Cuando no se cruza esa puerta, el deseo no se forma y el plasma deseante se consuela con los impulsos y caprichos. Gran bicoca para el poder establecido, sea del color que fuere, que, aliado con el capitalismo más duro e inmoral, dispone así de una máquina colosal de consumidores, hundidos en el magma de la insatisfacción. Insatisfacción que se intenta calmar comprando, devorando alimentos, bebiendo o vociferando en los eventos deportivos.
El yo, en cuanto que es el ser de uno, es algo inestable, algo que se tiene que estar haciendo día a día, y que exige un esfuerzo y una voluntad por mantenerlo. Lo mismo sucede con el deseo, que no está fijado para siempre, y que se va rehaciendo cons-tantemente a base de aciertos y errores, de victorias y de derrotas. El enemigo del yo y del deseo es el alma gregaria, que en su esencia consiste en un dejarse llevar. Por eso es tan fácil caer en ella, y por eso los poderes establecidos estimulan la pereza bajo el señuelo de la comodidad. Por eso, frente a semejante decadencia, de la cual la Educación es su más claro y duro reflejo, es necesario dejar paso a la revolución si-lenciosa del ser o del deseo.
Es en la Educación donde se juega la posibilidad del ser. Para que éste pueda salir airoso es necesario aceptar que el pro
eso educativo es un proceso entre personas, y no caer en la simpleza de creer que la solución se encuentra en la incorporación de las nuevas tecnologías. Aceptar la frustración y el fracaso, aceptar la responsabilidad de uno mismo y aceptar que todo el proceso de formación pivota sobre la satisfacción del profesor y del alumno, satisfacción que se sustenta sobre un encuentro de deseos de ambos.
Este artículo es la presentación de unas ideas que se desarrollan en cuatro capítulos que se publicarán en próximos números:
1. El yo y el otro.
2. El yo como mi ser y la alienación como el ser del otro.
3. Impulso o deseo. La revolución silenciosa del ser. La importancia de la satis-facción.
4. El deseo y la Educación.
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PLATÓN: El banquete
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SCHOEPS, H. J. (1979): ¿Qué es el hombre?, Buenos Aires, Editorial Universitaria de Buenos Aires.
José Luís Carrasco
Profesor de Filosofía. I.E.S. “Matemático Puig-Adam”


